Primer segmento: crónica de un recital

Como lo indica el título, cortesía de nuestro amigo el Tiito, el review de un recital que buena parte de la Batería fina presenció. No basta decir que estamos totalmente de acuerdo con las conclusiones a las cuales el reportero ha llegado y que otras crónicas, siempre que estas sean de carácter exclusivamente cultural -la especialidad por supuesto del Tiito, serán gratamente recibidas, editadas a discreción de los miembros de la Batería, y publicadas. Ahí les va:

~Hace unos días estuvo en Lima la pianista Mélisande Chauveau, invitada por la Pontificia Universidad Católica a participar en la celebración del centenario del nacimiento del gran compositor francés Olivier Messiaen, actividad prevista dentro del marco de la semana de la música. Hay que decir que escuchar a Messiaen en vivo en la ciudad de Lima sucede rara vez, y que nuestros reporteros, sórdidamente envalentonados al descubrir que se trataba de un evento de la wich, con invitación, digamos solo para íntimos y allegados, decidieron presentarse en plan hostil a ver qué pasaba, dispuestos a abrirse paso a patadas, porqué no decirlo, en caso de fricciones inoportunas. La verdad es que al llegar al local no tardaron en percibir la angustia de los organizadores y la atmósfera más bien triste de la diminuta sala medio vacía, llegando a la conclusión de que quizá no era tan wich.

Sin embargo, cuando nuestros especialistas oyeron hablar en francés se sintieron de alguna manera reconfortados. Estaban presentes todos los peces gordos de las facultades de música y filosofía de la universidad, rodeados por sus jóvenes seguidores, en total unas seis personas; es decir que la cosa pintaba tan mal que además de dejarnos pasar sonriente, la señorita que nos atendió nos dio las gracias por ser tan finos y haber venido, no sin antes señalar que al final del concierto habría dos rondas de trago gratis. La pianista en ningún momento dejó de recordarnos al personaje de Berthe Trépat ideado por Cortázar. Cuando apareció, rodeada de un selecto grupo de lesbianas francófonas, y se dio de cara con el triste espectáculo del estrechísimo círculo de esnobs para el que tocaría esa noche, expresó un sonoro: “¡pero si aquí no hay nadie!” en la diáfana lengua de Molière. Tras unas breves palabras de aliento balbuceadas esta vez en un dialecto ininteligible por el pez gordo número uno, y lo que debe haber sido un florido despliegue de explicaciones nada convincentes por parte de los peces gordos dos y tres, la intérprete subió a escena y dio inicio al recital, tocando
Une Barque sur l’Océan de Maurice Ravel, aquella pequeña joya del repertorio pianístico impresionista francés. La escucha de la pieza fue desgraciadamente saboteada por el descuido de algún genio que dejó el switch del micrófono de la sala prendido, lo que resultó en un ruidillo de fondo meticulosamente insoportable. El problema persistió prácticamente hasta el final de la primera pieza, y se pudo apreciar claramente entre los rostros de la asistencia toda la gama de expresiones que van desde el exasperación leve hasta aquél sentimiento tan típico entre los latinoamericanos de que no se nos escapa una cuando se trata de hacer el papelón.

Y aunque así iban las cosas, es decir de mal en peor, y que cuando desconectaron el micro y uno se pudo concentrar finalmente en la música, la audiencia no tardó en descubrir, ya moralmente ultrajada, que nadie se había dado la pena de afinar el piano antes del concierto, como quien dice la cereza sobre el pastel, nada de esto importó demasiado cuando la señorita Chauveau propinó sobre el dudoso teclado de origen chino los primeros acordes de “La mirada del padre”, la bellísima pieza introductoria de las Veinte Miradas sobre el niño Jesús de Messiaen.

Así pues, el concierto estuvo de rechupete, a pesar de la inteligencia nula de los organizadores e incluso de la mala onda de la pianista, que llegó a la desfachatez de saltarse el intermedio, eliminar una pieza del programa y tocar de un tiro los famosos Cuadros de una Exposición de Mussorgski, mediocremente por lo demás, y a una velocidad digna de los juegos de Pekín, para largarse pronto al bar del hotel y olvidar aquél menjunje inverosímil de desperfectos que le habrá parecido la velada sin lugar a dudas, sarta de mugrosos, igualados, mequetrefes, vaya a saber qué tendrá en la cabeza aquella loca. Pero se tocó a Messiaen, señores, reconociblemente a fin de cuentas, y la belleza llegó a abrirse paso. Un poco como en la película de Bergman en la que un cellista borracho toca las suites de Bach frente a Ingrid y sus dos hijas, y lo hace mal pero es hermoso. Así es, amigo melómano: memorablemente malo.

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Appendix: Vingt Regards sur l'enfant Jésus (1944) No.11/20 Première Communion de la Vierge
Yvonne Loriod, Piano




2 comentarios:

Anónimo dijo...

El Tiíto, a.k.a. el Chango, a.k.a mi pata de Comunica, a.k.a. el snob, a.k.a ese que siempre viene a Audiovisuales a joder

Anónimo dijo...

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